Marín es música – Rafael Quintero (Vivir en Marín)

 

 

Marín es música

Los recuerdos más importantes que tendrá cualquier individuo que haya visitado nuestro barrio irremediablemente los constituirán aquellos asociados con la música, puesto que desde el mismo inicio de su historia Marín es principalmente eso: música. De Barlovento, al noreste del estado Miranda, al norte del país, nos llegaron contingentes de afrodescendientes con una riqueza cultural inimaginada, cuyos ancestros africanos fueron sometidos y esclavizados. Ellos poblaron de música y magia a Marín.

El Teatro Alameda

Ubicado en la avenida Ruiz Pineda con La Tercera de Marín, fue recinto de paso obligatorio para importantes luminarias de la música de los años 50. Podemos nombrar algunos de los más connotados, como Benny Moré, La Sonora Matancera, Kid Gavilán y Jorge Negrete, 20 cuya amistad con Chivo Negro Orta, campeón de boxeo, en el cenit por ese entonces y habitante de la parroquia, les hacía departir con los otros vecinos que se acercaban a saludar por curiosidad. Por otro lado, había una herencia muy marcada a asociarse con el fin de resolver problemas y adquirir o dotar bienes a la comunidad.

Ello implicaba la constante realización de actos culturales organizados por estas juntas pro-mejoras, los cuales representaban la oportunidad para que los afiebrados jóvenes debutaran interpretando una canción con el cuatro, bailando un twist o arrancándole fuertes, bolívares, reales, mediecitos, lochas y centavitos3 a la sartén premiada o al papelón también con premios . . Marín es música porque decenas de grupos se han constituido allí, o músicos del barrio han hecho parte de otros grupos tanto venezolanos como foráneos.

El Trabuco Venezolano

especie de All Star criolla, tenía cinco cantantes de los cuales tres habitaban en Marín, así mismo sus tres percusionistas; tres percusionistas también estaban en el Grupo Niche de Colombia; dos en la orquesta de La India en Nueva York; uno con Eumir Deodato de Brasil y por lo menos un representante en la percusión en la orquesta de Oscar D’León. Infinidad de ejemplos podemos citar para avalar lo que aquí expresamos, pero hemos de continuar. Y continuar es enumerar razones, causas y efectos.

Esa es la razón o la sinrazón de estas líneas, de lo que ha quedado en nuestro recuerdo colectivo. Quizás lo que aquí se olvida no con poca razón se propone hacer una historia solidaria, que reivindique principalmente lo que amamos, lo que nos une como barrio, parroquia, colectivo, ciudad, país, sentimiento, alma…

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Ayer, hoy, mañana, siempre se conjugan con personas y tiempos expectativos, pues no nos conformamos sino con un futuro dichoso, multicolor, espléndido para Marín y todos sus hijos. Estamos construyendo a pulso ese futuro.

La Cruz de Mayo y San Juan en la memoria

Para finales de la década del 50 la comunidad de Barlovento, y en general de mirandinos, era cada vez más numerosa en el barrio, de manera que se podían observar como algo común, en los periodos comprendidos de mayo a junio, manifestaciones religiosas un tanto diferentes a la liturgia de la Iglesia católica.

Era una promesa, decía el ahijado de doña Santiaga, Carlos Enrique Crespo Flores, el cual era fusilado a preguntas sobre el extraño rito que en su casa se preparaba. Las señoras de los hogares vecinos vestían una cruz hecha de madera, con papel de seda de muchos colores, no faltaban las gamas de rojos, amarillos, rosa, verdes, azules y hasta plateados y dorados, porque “cada cruz debía ser mucho más linda que la otra”.

El día 3 de mayo

de cada año a tempranas horas comenzaba a construirse un altar en el que se colocaban todas las cruces  traídas a la casa donde habría de realizarse el rito del Velorio de Cruz los viernes y sábados. El altar debía semejar el cielo. Se construía colocando taburetes, sillas o cajas de cartón cerca de una pared en la sala de la vivienda, formando diferentes niveles a manera de repisas que se cubrían con sábanas de colores muy claros, preferiblemente blancas o azules. En esos niveles los vecinos colocaban sus cruces.

Así continuaban los preparativos previendo que no faltara de comer y tomar para los invitados. De comer lo más usual era hacer un consomé de gallina, bollitos de maíz y trocitos de queso blanco; de tomar, aparte de café para poder permanecer en vela, aguardiente de caña, ron y cerveza para alegrar a los tamboreros, decimistas e invitados en general. A eso de las ocho de la noche alguien de la casa podía iniciar el velorio rezando y explicando las razones del pago de la promesa para la cruz.

A continuación se realizaba un rosario y se solicitaba a los músicos comenzar su labor de canto y toque de fulía con las palabras “tambor y canto”, que por momentos se alternaban con las décimas. La fulía es un género musical ejecutado con cuatro, tambores, maracas y un plato de peltre percutido con una cuchara metálica, en la que coro y solistas se turnan para expresar en sus letras temas que pasan de lo humano a lo divino según el ánimo del velorio; al igual que la décima, que se recita para transformar un poco la tónica de la música y también para permitir el descanso de los músicos.

Como la mejor enseñanza es el ejemplo

vamos a colocar aquí una muestra de algunas de ellas: Ya que mis saludos di al público con cariño, voy a tomar el camino que me condujo hasta aquí, 23 mientras viva tendré en mí recuerdos halagadores porque tuve admiradores sin ser yo de este lugar y ahora para terminar saludo a todos, señores.

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Es un verso con el cual podía despedirse un decimista que debía partir. Otra podía ser para hablar de la efímera belleza física, que con los años se convierte en su contrario, y recita: Goza mujer, tú eres bella, tu edad está floreciente mientras mañana tu frente no brillará como estrella no escucharás más querellas, tu ilusión terminará, ningún hombre te verá, no habrá quien te diga nada y esa cabellera ondeada mañana blanca será.

Igualmente podían versar sobre la pasión de Cristo, la desconfianza para con los compradores del producto del trabajo en el conuco, el agradecimiento a los santos por los favores recibidos, las hazañas de Simón Bolívar, o cualquier otro pasaje de la Independencia. Los decimistas se colocaban frente al altar y cuando paraba el toque recitaban sus poesías, que podían ser improvisadas o aprendidas para cualquier caso.

En estos eventos era usual la controversia entre dos o varios decimistas

Así como entre los cantantes que se intercalaban y solían discutir en versos por variados motivos: porque el contrario no tuviera buena pronunciación, porque estaba desafinado o porque al  expresar un punto de vista en la décima o el canto, según su contendor, había errado. Los tamboreros, el cuatrista y el que tocaba el plato de peltre se colocaban en forma de arco frente al altar, y los cantadores a su lado, pasándose en algunos casos una flor para turnarse el canto de la copla.

El viernes esta actividad continuaba indetenible hasta bien entrado el sábado. Unos podían partir por la mañana, pero otros se quedaban cantando, bebiendo y declamando décimas, hasta que la dueña de la casa o cualquier allegado solicitaba un reposo para recobrar las fuerzas, comer, dormir un poco y comenzar nuevamente en la noche del sábado hasta la tarde del día domingo.

En el ínterin, en los alrededores se protagonizaban todo tipo de situaciones, las cuales iban desde hombres borrachos dormidos en la calle hasta pleitos por celos sobre circunstancias acaecidas en medio del Velorio de Cruz, pero que por respeto a la celebración debían ventilarse fuera. Jamás faltó una botella quebrada, una amenaza altanera y hasta unas cuantas trompadas.

Hay que decirlo, siempre hubo alcohol, pero nunca frente al altar, porque ahí no se podía beber ni decir malas palabras. Las diferencias suscitadas en medio de la controversia de las coplas de la fulía o los versos de las décimas se resolvían fuera de la casa.

Terminando mayo y comenzando junio

Se anunciaban las fiestas de San Juan, porque ya el ambiente estaba preparado para seguir en el ánimo festivo. San Juan es un santo parrandero que adora la cañandonga, el baile y la algarabía en general. En el barrio esta celebración, aunque es común en todas las poblaciones de ascendencia africana en Venezuela, se asume a la manera barloventeña.

Hoy en día se han creado sociedades que preparan cada año la celebración, pero en aquel entonces eran la señora Santiaga  y el señor Juan Chiquito quienes hacían todas las diligencias para que esta actividad fuera a la altura. Antes en el barrio no se hacía como en los pueblos de San José y Curiepe, que sacaban al santo en procesión a golpes de tambor, y como hacen ahora los jóvenes que han asumido la guardia y custodia de la continuidad.

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No, para esta fiesta se contentaban entonces con sacar a la calle los tambores culo ‘e puya, el mina y la curbata, desplegarse en rueda alrededor de los cantadores y tocadores y hacer gala del don que tienen los negros y las negras para mover sus cuerpos al frenético compás del “tiquiquitaqui sobre la mina”.

La mina

O el mina es un tambor construido sobre el tronco de un árbol de guayaba que puede medir más de dos metros y es quemado por dentro para que su corteza pueda ser excavada con mayor facilidad. Sobre uno de sus bordes se coloca el cuero por donde se ha de percutir, al igual que en el cuerpo mismo del tronco. Para sostenerlo a la altura del tocador se coloca sobre una horqueta, especie de bípode que, conjuntamente con la parte no forrada del tambor, descansará sobre la superficie para permitir su estabilidad al tocarlo.

Al lado del mina, también del mismo material, estará la curbata, más pequeña y con la estabilidad para permanecer vertical al ser tocada con un ritmo regular, mientras que el mina va adornando, jugando, dibujando y varios músicos acompañan con los laures (especies de baquetas de madera) tocando en el cuerpo del tronco.

Los bailadores

Se disponen en grupos de tres o cuatro, sostenidos en líneas pasando los brazos por encima del hombro del compañero, sin importar mucho la disposición en la que se ubiquen. Luego la celebración en desarrollo demanda cambiar el mina por los tambores redondos o culo ‘e puya, que son tres tambores tubulares de un diámetro variable entre 15 y 18 centímetros, de una altura de un metro, un metro veinte centímetros aproximadamente, construidos en una madera llamada lano, muy liviana,  forrados con cuero por ambos extremos para percutirse solo por uno de los parches.

En el toque, canto y baile del culo ‘e puya

Hay una evocación directa a los ancestros africanos. La belleza de esta manifestación así como la polirritmia y su manera de bailarse nos hacen pensar en ritmos que quizás sean primos-hermanos congéneres del “vacunar” en Cuba y la “ombligada” de Brasil, que han pervivido en nuestros países como legados de aquellos hombres y mujeres cuya sangre, aun hoy, bate en nuestros corazones mestizos.

Nos quedaron la admiración, el gusto y la estima por estos elementos culturales que contribuyeron a nuestra formación, reivindicados más tarde por un puñado de jóvenes que se constituyeron en una vanguardia de la negritud en Venezuela y América. El Grupo Madera.

 

 

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